Recolector de historias románticas

Kiss me each morning, for a million years –   John D. Loudermilk

 

Estaba demasiado triste para pensar, demasiado inmerso en mi propio pensamiento desgraciado para fiarme de mi alrededor, trotaba sin prisa, circulaba perpetuo, el sudor en cada rincón de mi cuerpo delataba el cansancio que no percibía, no así hasta que las piernas flaquean, haciéndome ceder, deteniéndome, comenzando a caminar, aun así, completamente perdido en mi pensamiento. Es increíble como la pena hace de las suyas, te conviertes peligrosamente vulnerable para tu alrededor, podría pasar algún amigo o conocido para saludarte desde la distancia sin poder recepcionar el mensaje, debido al poderío de la tristeza infinita, aturdido por la pena, hasta un perfecto desconocido me podría pasar a llevar sin darle mucha énfasis a su imprudente estrello, peor aún, un delincuente intentando asaltarme, darme un tiro, una apuñalada en el corazón, la cual curiosamente , de una manera exageradamente, así sentía mi corazón, derramando una hemorragia al interior de mi cuerpo, matándome tan lentamente que la hora de morir parece no llegar jamás. Acelero mi paso, para retornar a casa, se avecina el pique largo, ese que deja mis isquiotibiales molidos al llegar a casa y sentarme 5 segundos al borde de la cama tocando la zona afectada. No sé cómo logro una velocidad decente para llevar tantos días tirado en cama, agarré una rapidez inesperada, haciéndome tropezar, con mis propios pies, no logré caer,  automáticamente mi mano se clavó en el maicillo donde corro, aquel tropezón me hizo despertar, mirar, fijarme bien a mi alrededor, pocas personas se disponen a trotar temprano como lo hice ese día, no tenía muchos acompañantes en el sendero del parque, si una pareja veterana mirando el Mapocho, el feo Mapocho, ella en silla de ruedas con un cilindro de oxigeno conectado a su mascarilla, el viejo se veía tan deteriorado como ella, solamente que se veía bien parado, su curva no era notoria y solo requería de su propio equilibrio para desplazarse, no había ni bastón, ni burra. Algunas piedritas se aferraron a mi mano en el tropiezo, las sacudí  y seguí mi camino. Al parecer la gente comenzó a despertar, ya emprendían su ruta a su propio ritmo para trotar.

Pensé que el trote solo me duraría un día, me animé toda la semana a salir del encierro para darle vida a mis piernas, sin apuros ni plan, trascurrió una semana exacta desde ese primer trote. La mente hace lo propio, es involuntaria, es peor que el instinto animal del hombre, está fuera de control, desatada, piensa lo que quiere pensar, la imaginación es dominante en la cabeza, por más que dispongas tu distracción a disposición de una rutina diferente cada día, la mente cavilará lo que ella quiere, curiosamente se cuelan los pensamientos turbios, regularmente esos que provocan ansiedad, desesperación, sollozo, este último tiene un poco más de dominio, pero demasiado subjetivo como casi todo, por mi parte es controlable, puedo decirlo con creces, aprendí desde mucho antes a llorar internamente, a derramar lágrimas sin brotar esa agua salada por los ojos , de ser así, sería un suplicio, demandaría un trastorno bipolar. La tristeza está latente, emerge espontánea, hasta cuando puedas decirlo con certeza y sentir la tranquilidad dentro tuyo la tristeza seguirá en ti, hay casos en que la tristeza pasa a ser severa, quedándose permanente y solo vives con la pena, vive contigo como cicatriz de rodilla. Por fortuna domino aquel lamento, si no fuera así la gente me observaría, reclamando a mi personalidad extraña “que le pasa este sujeto, hace 5 minutos sonreía y reía carcajadas, ahora es solo llanto y desesperación” cayendo de esta forma en la bipolaridad. Trotar es mi alianza, me ayuda en mantenerme ocupado, hace añicos mis piernas, acelera mi corazón, libera endorfinas, me cansa, algunos de sus efectos, aunque para aclarar, solo sirve para matar las horas, mantenerme ocupado en el día a día, porque si es por borrar la sensación de tristeza, no lo hará.

Cuando trotaba por el mismo lugar donde tropecé, hace exactamente una semana, fue inevitable no parar ahí mismo, esta vez consciente de mi razonamiento. Ahí estaban nuevamente parados, mirando hacia el Mapocho la anciana en la silla de ruedas y el anciano escoltándola. Era como si estuvieran en la misma posición de la semana pasada, congelados mirando la nada, en dirección a ese feo rio Mapocho. No sé qué me impulsé a acercarme a ellos, sin tener nada preparado que decir, como si ni un simple “hola” me surgiera sin antes no pensarlo.

—Te puedo ayudar en algo joven— me preguntó en un dejo de desconfianza aquel veterano.

—Ustedes siempre se paran aquí a ver la nada.

—Así es, es correcta tu apreciación.

Capté de inmediato que era un anciano bien educado, en la forma que hablaba y como fluían sus palabras, fue evidente al expresarse, no sé si cayendo en lo siútico, pero al fin de cuentas educado.

— ¿Por qué?

—No sé si voy a decepcionarte con la respuesta porque es más simple de lo que quizás esperas que te diga, pero simplemente nos gusta estar en este punto.

Vacilé un rato, dejando expulsar un “ah”, sin más, partí a trotar. Lo hice un poco más de lo normal para al pasar de vuelta no toparme nuevamente con los ancianos, lo cual no fue suficiente; al verlos ahí todavía instalados en la misma posición, solamente agitados por la respiración que los mantiene vivo, sobre todo a ella conectada a su indispensable oxigenación. Probablemente no corrí lo suficiente para hacer tiempo de no cruzarme nuevamente con ellos. Lo tomé como una segunda oportunidad sin vergüenza.

—Me refiero del porque están aquí realmente parado. Habrá alguna razón de fondo, digo.

La veterana siempre en lo suyo, observando el Mapocho como si fuera la costa. El anciano dejó caer un suspiro antes de mirar y responder.

—Bueno, claro que hay una historia ¿Porque tanta curiosidad?

—No sé, los vi la semana pasada en el mismo lugar y ahora los volví a ver en la misma zona mirando hacia donde mismo y creo que la semana que viene los volveré a ver por  aquí en el mismo lugar.

—Probablemente así sea.

—Quisiera escuchar su historia— antes que dijera algo agregué— claro si no es mucha mi imprudencia.

—Eres un joven muy curioso, me extraña que alguien se detenga a hablarles a dos viejos moribundos que tienen sus días contados— se frotaba la barbilla— te narraré, solo si tienes tiempo y una condición.

— ¿Cuál sería esa condición?

—Si tú nos cuentas tu propia historia.

 

Don Osvaldo se llamaba el veterano y la señora en silla de ruedas su esposa la señora Hortensia. Me dieron una gran idea a raíz de su historia. Hace tiempo, cuando niño, recuerdo vagamente este instinto periodista habitado en mí,  de hacer entrevistas a mi mamá o papá o incluso mis tatas cuando venían a visitarnos, con mico el micrófono de 31 minutos asechándolos con preguntas y banalidades. Se me ocurrió volver a traer esos años, esta vez recolectando historias de enamorados, todos tienen una historia que narrar, la cual probablemente no quieren decir, o si quieren, pero no encuentran la manera. De seguro más de alguien querrá confesar su historia.

 

Por las siguientes semanas planeé una idea solida del proyecto en mente. Recaudar una antología de relatos con trasfondo amoroso de distintas edades; clases sociales; religión; orientación sexual, daba igual, quería y necesitaba una recopilación ancha de historias.

Hablé con el barrendero de la plaza, fue uno de los primeros que interrogué, su historia era triste, no se casó nunca, pero dijo que tuvo un amor, un verdadero amor hace años, cuando le quedaban los últimos alientos de juventud (así tal cual fue como me lo dijo)  alcanzaron a disfrutar un otoño, un invierno, una primavera y el verano se encargó de llevársela en un accidente para no creérselo. La comodidad y afinidad con ella la comprobó de inmediato, fue un sentir que no se esfumó  con el poco tiempo a su lado, desde ese fatídico accidente, contarlo así como si nada, suena a película, lo bueno de esto que compartir ese sentimiento tan íntimo y propio lo hace especial, me hace empatizar, incluso al escucharlo narrar, me sucedió con todos los que se animaron a soltar la lengua contándome sus historias intimas, el tono de voz con entusiasmo, como los invade la nostalgia y la melancolía recordando los detalles de lo que fue. Con una haitiana medianamente joven pasó de la alegría al llanto descontrolado (tal cual como mi efecto bipolar intimo) algo que  pensé que sucedería con alguien que abriera su corazón a tal grado de explotar en llanto. Ella extrañaba a su pareja en Haití, no encontraba el momento de que viniera a vivir a Chile con ella, decía que ambos trabajaban de lunes a lunes, sobre todo él, recaudando en una improvisada alcancía de frijoles el dinero en Haití, aquí ella tradicionalmente guardaba dinero en una zapatilla desgastada. Para controlar su lloriqueo quise ayudar con dinero para solventar una pequeña cuota para traer a su enamorado, ella lo rechazó pero agradeció mucho el gesto, en exceso, intenté calmarla dándole ánimos para que su objetivo se cumpliera antes que llegara alguien y la conquistara, se rio y nos despedimos. Esa misma tarde también conocí a unos niños, la pequeña Andrea y el pequeño Cristian. Me causaba gracia Andrea, tenía esencia de madurez precoz, carisma como pocas y un entusiasmos por la vida que cualquier adulto escasea. Para no levantar ninguna sospecha extraña hablé con su mamá presente en el parque, le expliqué mi proyecto, me cuestionó preguntándome que historia amorosa tendría que contar un niño, la tercera es la vencida dicen por ahí luego de interrogar a otros niños llegué hasta Andrea y Cristian, le respondía a todos sus tutores con el mismo argumento “usted no sabe que historias amorosas pueden tener los niños puede que si como puede que no, lo que sí es con certeza que será una historia genuina y pura” Me causaba simpatía y demasiada gracia Andrea, su personalidad desbordaba aquellas emociones, cuando le pregunté directamente sus experiencias con el amor, rápidamente lo asocio con su mamá, fue la mejor respuesta que me pudo dar, inmediatamente enumeró varios juguetes, accesorios e incluso comidas de las cuales estaba enamorada, se fue dando brincos donde sus amigos, en ese corto rato no despegaba mi vista de Cristian, quien nos miraba retraído, intentado decir algo, le hice la misma pregunta que le hago a todos mis entrevistados y antes de darme su respuesta, ya sabía cuál era. Me enterneció en demasía cuando dijo: “ojala ella me viera como yo la veo a ella, como una súper héroe, ella es como capitana marvel”. Con esa sencillez de vocabulario infantil se me expresó, dejando caer una elocuencia inocente y exquisita para las palabras que yo pueda construir con su testimonio. Hasta se dio el lujo de contarme la anécdota cuando se cayó de su bicicleta hace poco,  había retirado las rueditas traseras, tropezó, todos se burlaron, pero Andrea salió en su defensa e inclusive de empujones se fue con los otros niños “ya quisiera verlos a ustedes fueran valiente como el Cristian, nosotros ni aun le sacamos las ruedas a nuestras bicis” No confesó explícitamente amor por ella, por la insuficiencia de expresar emociones en los niños, pero con esos pequeños detalles, me daba entender de que si ellos fueran adolecentes, Cristian seria el enamorado número 1 de Andrea.

Llevaba recopilado muchas historias, llegando casi a la parte transitoria la de redacción, todos estos testimonios ya es cosa de pulirlos, la conmoción la pusieron ellos yo solo aporto las transcripción. Al igual cómo me conmovió muchas historias, pensé muchas noches en la de Pamela y Lucía. Una de negro, la otra de blanco, una católica, la otra agnóstica. Me impactó el poderío de estos polos opuesto al sobrevivir a la adversidad, el temperamento y pensamiento de ambas, e incluso a sobrellevar las humillaciones no entre ella evidentemente, si no en el resto, sobre todo la discriminación de sus respectivas familias. La única clave y solución que me dieron fue “amor”. Recuerdo cuando me acerqué a ellas dos, estaban en una banca sentadas con los brazos por encimas de sus hombros, disfrutando de la tarde, como si fuera el mejor panorama de un domingo, ellas hacían lucir una atracción perfecta para parejas enamoradas. Desconfiadas a mi acechamiento e incluso algo groseras, sobre todo Pamela que vestía de negro, intenté explicar de la mejor forma mi proyecto, sin intentar persuadir a la morbosidad, ni especie de experimento, solo quería formar y entrelazar todas estas historias que se dirigen al mismo camino, todas ligadas al amor, de cómo en cierta forma, este sentimientos las salvó. Luego de mi ajetreada explicación, hasta se tomaron las molestias de invitarme a su modesto departamento, quedé conforme, triste, feliz y agradecido por el café y la historia.

 

Me inspiraron una esperanza jamás habitada en mí por el simple hecho de dejarme entrar en sus cabezas por un instante, siendo un oyente silencioso depositando todo mi interés y disposición en imaginar cada narración extraordinaria, al igual como lo fue escuchar la primera historia, la de Don Osvaldo, una historia realmente extraordinaria. Con sus palabras demostró su simpleza y elegancia al narrar. Esperé cada domingo, durante 3 semanas, para  contarme con lujo y prolífico detalle al alcance de su memoria su historia de amor, finalizando en el porvenir. Para la señora Hortensia no quedaba tiempo, es invaluable su existencia, es ambigua dijo, lo que no lo es, es el eterno amor que propusieron en esta vida, se amaron y acompañaron como si hubieran pasado un millón de años, camuflando todo el tiempo perdido sin tenerse. Demasiado poético para ser una narración de un veterano de 78 años, pero increíblemente cierto y bello por sobre todo, al enterarme del tiempo distanciados y la reconciliación pendiente, maravillando la historia con sus matices por haber.

No fue hasta finales de los noventa, cuando Don Osvaldo volvió a coincidir con la señora Hortensia. Anteriormente, jóvenes y dispersos la señora Hortensia se había mudado hace poco a sus barrios y fue cosa de “tanteo” de los días como dijo él, el poder invitarla a salir. Tomados de la mano corriendo por las calles de Santiago, de vez en cuando escapándose a la playa, encaramándose en la ventana del bus para ver un poco de mar, al llegar, dirigirse directo al agua para mojarse y quedar completamente salados, a veces una escapada de fin de semana completo o solo una tarde. La señora Hortensia se preparaba para ejercer de enfermera, sus estudios eran una prioridad, Don Osvaldo solo preocupado de aportar en el taller de su papá. Varias veces se arrancaba solo para ir a buscarla a la salida, inclusive la señora Hortensia, lo hacía madrugar los jueves e iban a desayunar por ahí donde fuera, debido a las tardanza  de las clases, los jueves eran así, recordaba Don Osvaldo, no fue más feliz  en otro lugar que en los jueves por la madrugada, luego de estar con su amada toda la mañana, le daba ánimos para atender en el taller. Los recuerdos y la narración de Don Osvaldo se turbaron por un instante, el clímax… Se separaron por cosas de la vida dijo, inmadurez, rumbos, clases sociales distinta, pequeños factores que fueron gatillando a una presunta separación que no se la deseaba a nadie, alejándose lentamente el uno del otro, como cuando te separas de tu amigo de infancia sin mayores motivos, solo alejándose. Ella volvió a mudarse sin despedirse, pero Don Osvaldo tampoco hizo nada al respecto en su momento, ninguno de los 2, simplemente sucedió. La tristeza persistió por un largo periodo en Don Osvaldo sobre todo después más que en el mismo día de la partida, el sentir de la señora Hortensia fue similar, pero su vida atareada le permitía tener un método de escape. Pensó que la pena disminuiría con el tiempo, no fue así, me dijo esto textual: “Cuando me separé de Hortensia, nunca supe los motivos reales, al menos no de su boca, adivinaba lo que podía ser y jamás fui más feliz que cuando estaba a su lado, como los jueves por la mañana tomando desayuno. Mentalmente y en mis plegarias—gesticuló con el dedo en su cabeza y juntó sus manos en son de orar — le deseaba lo mejor, ojala sea feliz con quien vaya de la mano en este momento, pero que no me pida que se me vaya la pena, esa se queda conmigo. Si tuviera una milésima chance de volver a toparme con ella, le diría que se quedara conmigo por el resto de la vida, por el resto de la vida si ella lo sintiera de la misma manera, le diría eso. Y eso fue lo que le dije.” Don Osvaldo tuvo una oportunidad única años más tarde. Cuando la volvió a ver en un hospital. Estaba frustrado por una posible baja de presión, temió que la diabetes arraigara en su cuerpo hereditariamente. El doctor lo mandó hacerse exámenes en ayuno aquella mañana. Gruñendo, enfadado con la vida más que otra cosa, se dirigió hacerse los exámenes esa misma mañana, de no ser porque no tomaba desayuno desde hace mucho, si no seguramente se hubiera ido a casa, incluso sin volver a hacerse ningún examen de sangre, confesó. Fue la mejor decisión de la vida no haber desayunado aquella mañana expresó alegremente. Al escuchar su nombre completo en alta voz, con nombre y apellido, la voz de la mujer se cortó en su apellido, sin terminarlo, repitiéndolo segundos después. Se dirigió al box el cual la cortina ya se encontraba removida, logró ver su rostro, su bello y fino rostro perpetuado en la juventud. Como agradeció al ayuno, incluso a la posible diabetes, a los jueves… Fue una conversación extraña y nerviosa, pero era su oportunidad decía Don Osvaldo. Lastimosamente ella venia saliendo de una relación recientemente, hubiera preferido escuchar eso, antes de saber que andaba con alguien, aunque probablemente el haber terminado en poco tiempo era tan desventajoso como una relación, pero a Don Osvaldo no le importó, no le importaba nada, creía en el destino y su destino era ella, ellos, por alguna razón se habían vuelto a topar. Ella le inyectó la jeringa en su zurda, pensaba que decir para que ese momento durara para siempre, animándose a decir: “Es jueves… y es de mañana” la señora Hortensia río,  él recordaba que ella sonrió, fue una sonrisa que pasaba por varias emociones, sonrisa de alegría, de nostalgia y de congoja, una sonrisa de la señora Hortensia que sentenciaba con palabras mentales como diciendo “¿Que nos pasó?” Era momento de retomar en donde habían quedado.

 

—Y ese fue el comienzo muchacho, el nuevo comienzo, nuestro retornos a las pistas del amor. Hoy estamos en la recta final. Efectivamente tenia diabetes — se reía— Pero mi Hortensita no tuvo la misma fortuna mía. Un maldito ataque cerebrovascular hace unos años, la tienen así, habla poco y nada, casi siempre es para pedirme agua o que le ponga vinilos de boleros o rancheras. Más me gusta cuando me dice: “te adoro mi querido” como agradeciendo todas mis acciones por ella con esas palabras. Pero lo que ella no sabe o nunca entendió y sé que me está escuchando, para mí es un placer. Cuando le di el anillo en este mismo lugar, aquí en el feo Mapocho que debes encontrar tú y todo el mundo. Le di la propuesta más sincera que hice en mi vida, eso incluía reír con ella en la felicidad y abrazarla en la tristeza, una propuesta de esas, a la antigua. Salidas al cine y a bailar y sopita y pastillas en la enfermedad. Era todo lo que quería, la iba amar en la riqueza y en la pobreza, en la amargura y en la prosperidad. Daba absolutamente igual en que forma o manera, mientras hubiera sido siempre ella, iba ser un hombre dichoso.

Todas estas semanas me hizo replantearme la vida, dándole espacio a la distracción en mi pena, por la cual empecé todo esto.

Anonadado escuchaba la simpleza de la historia y su final. La señora Hortensia estaba consciente, escuchaba, se le notaba en su leve expresión. Don Osvaldo y la señora Hortensia se amaron como pocos lo hacen y como debería ser. Casi como un rito se acentuaban semanalmente frente al feo Mapocho donde Don Osvaldo dio su propuesta más honesta y la señora Hortensia lo selló con el sí más gratificante.

La historia en si no es extraordinaria por los hechos, si no por los sentimientos. Una buena historia es buena cuando nace del corazón, toda historia de amor lo es si proviene del mismo recóndito. Desde una persona que se topa con otra en la calle, desde que son amigos de la infancia, de los que se conocen por Internet, de los que se enamoraron en el trabajo, en una vacaciones o porque alguien los presentó en una fiesta o salida a ciegas e incluso desde los que se vuelven a enamorar en un box. Toda historia de amor es extraordinaria salida desde la entrañas, si te hace vibrar y te estremece el alma es una buena historia.

—Bueno joven ahora cuéntame tu historia.

Huala

Escritor o Nada.

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