Locura de amor infiel (parte 1 de 3)

Tom abrió entonces la boca. De sus entrañas emergió un cúmulo de obscenas y malsonantes palabras. Sus puños se agitaron en el aire pretendiendo alcanzar un blanco invisible. Estaba furioso, definitivamente furioso. Teresa, su chica, o mejor dicho la puta a la que había estado follándose durante los últimos veintisiete meses, se mecía tranquilamente sobre una silla acolchada. Parecía una princesa en un universo hábilmente gobernado por sus padres. En su sonrisa de perlas se perfilaba un rostro lujuriosamente juvenil, todo iluminado por un vestigio de malicia legado de una actividad relacionada con infidelidades, engaños y egocentrismo. Así pues aquel intenso romance que habían vivido durante los últimos años no era más que una jodida mentira. Y Tom lo descubrió aquella noche.

Cuando al fin se calmó, miró a Teresa con ojos suplicantes. Ella se rió, impasible; y mientras sorbía una copa de whisky, le dijo con dulces palabras, tan dulces como un beso:

—Tom, ¿por qué no te vas de mi casa?

Y el beso se tornó mordisco, mucho más doloroso que una puñalada.

Resignado, el hombre se alzó de la cama y se marchó llorando sin mediar palabra. Lo último que escuchó antes de cerrar la puerta, fue la risita malvada de su ex-novia.

Cuando llegó a la calle, una fina neblina cubría los tejados de la ciudad. En la calzada, las luces macilentas de las farolas y de los coches se amalgamaban en un halo enfermizo. Muchedumbre sin meta ni futuro vagaba frente a los pubs y los bares de la avenida, en busca de un nuevo trago de inconsciencia. El frío mordía latentemente los cuerpos semidesnudos de aquellos que bebían de la embriaguez.

Tom atravesó aquella selva alquitranada como un astro fugaz que no espera fijarse en nada ni que algo se fije en él. Pero cuando los voluptuosos escotes de las jovencitas y el torpe pero violento acoso de los muchachos le abordaron en cada vía que penetraba, tomó la decisión de un nuevo destino. Su sentido común y su raciocinio habían degenerado en una perversa actitud demente, germen de la deslealtad, la deshonra y la traición.

Había enloquecido en apenas un segundo.

A escasos metros de una guardería, se alzaba un consagrado prostíbulo. A aquellas altas horas de la madrugada estaba abarrotado. Muchos clientes se habían detenido en sus inmediaciones por el mero deseo del aguardiente; otros disfrutaban de una placentera velada en los dormitorios del piso superior. Pero todos buscaban la compañía, aunque fuese meramente visual, de mujeres provocativas.

Tom entró sin dudarlo en el burdel. Irrumpió en un local excesivamente decorado, con largos cortinajes de seda roja y amplios bancos acolchados. Una algarabía de voces y risas le dio la bienvenida como una orquesta sinfónica. Sin nada que rectificar, se presentó frente al responsable del negocio. Estaba sentado frente a la barra. Se llamaba Jacob. Su rostro era severo e impenetrable y su pulcra perilla hacía que sus labios, al igual que sus palabras, pareciesen indescifrables.

Sin esbozar siquiera un saludo, le dijo muy seriamente:

—Quiero una puta que se llame Teresa.

Jacob le miró con el ceño fruncido, desconcertado. Luego dejó el cigarrillo que se estaba fumando sobre el cenicero de la barra, y se enderezó.

—Un momento, por favor.

Dejó el asiento y se internó en las dependencias posteriores. Allí varios camerinos y otras tantas luces acogían un sinfín de atractivas mujeres. Se cruzó con Sara, una hermosa caucásica de porte angelical.

—Allí fuera hay un hombre que espera a una tal Teresa. Ya sabes lo que tienes que hacer. Está en la barra. Le reconocerás a la primera. Tiene la cara como si le hubieran dado una paliza —le explicó Jacob.

En la barra, Tom se entretenía rozando con las yemas el borde de un vaso vacío. El whisky lo había ingerido de un solo trago, sin el menor escrúpulo. Cuando alzó la mirada descubrió al ángel que se dirigía hacia él.

—Hola, soy Teresa —se presentó ella, tan risueña como radiante.

Y realmente era la viva imagen de Teresa, con su cara pecosa, sus cabellos largos azabache y los pechos menudos que casi no se advertían bajo la superficie de la blusa. Pero en verdad aquella mujer que se llamaba Sara era pelirroja, de un rostro pálido y terso y unos pechos tan exuberantes que parecían querer comerse el mundo.

—¿Y tú cómo te llamas? —inquirió al ver que su cliente persistía en mirarla anonadado.

—Tom —susurró él—. No te hagas la distraída, ya me conoces.

Ella asintió, nada convencida, pero como puta que era predispuesta a cumplir las fantasías de su huésped.

—¿Quieres que subamos arriba? —preguntó la mujer.

—Claro —aceptó.

Con una mano, Tom agarró la estrecha cintura de su Teresa y con la otra aferró el vaso de whisky que reposaba vacío sobre la mesa.

Ambos ascendieron las escaleras sin llamar la atención de nadie, mientras abajo Jacob rezaba porque Tom tuviera el dinero suficiente para pagar el escarceo nocturno.

Iraultza Askerria

Iraultza Askerria

Novelista, escritor, poeta, articulista, lector voraz y en definitiva un amante más de la literatura a la que se dedica en cuerpo y alma.

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2 Comentarios

  1. por Ninetales publicado el 16/08/2010  22:29 Responder

    Exlente historia! Estare pendiente de las otras 2 partes sigue asi!

    • por law07 publicado el 01/09/2010  03:48 Responder

      campuraste mi atencion!!

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