Leila

Sé que no te puedo retener a mi lado, o pedirte que vuelvas ahora que estás a miles de kilómetros. Pero recuerda que la distancia no disminuye el dolor. Sé que mi forma de ser a veces tan reservada, te confunde y te enfada, pero quizás no quiero que sepas lo que por mi mente pasa, porque créeme, ni tú ni nadie lo entendería.
Lo único que quiero es que cometas tus propios errores y no creas eso de que con el tiempo uno se vuelve más sabio, en realidad aprendemos de esos errores, cada vez que los cometemos. Quiero que si hace falta tropieces en la misma piedra mil veces, y que te levantes por tu cuenta, porque yo no estaré ahí para consolarte. Y ahora que te has ido te confesaré mis errores y mis piedras en el camino.
Cuando tan sólo era una adolescente me convertí en persona no grata en mi pueblo, no entraba dentro de ningún grupo, no seguía ningún lema, tan sólo me apartaba de la gente porque no encajaba en ningún sitio. Empecé a relacionarme con chicos mayores que yo, según me decían había en mí un aire de misterio que querían descubrir. Era fácil seguirles el juego mientras demostraban su falso interés.
En uno de los inviernos más duros que recuerdo, iba de camino a mi casa cuando me sorprendió una tormenta, puede que la casualidad hiciera acto de presencia y se personificara en mi profesor de historia que me recogió y me acompañó. Pero un día se desvió de su camino y así cada viernes por la tarde, hasta que empezaron a oírse rumores y él se marchó. Yo, a ojos de los demás era una ingenua que había cometido un acto impuro y que quedaría marcada por ello para siempre. Pero nadie era capaz de ver que tan solo éramos dos almas solitarias que necesitaban del cuerpo del otro para sobrevivir. Después de aquello mis padres me enviaron a vivir con mi tía Estela, una mujer soltera y tremendamente conservadora.
Con ella el silencio se convirtió en mi modo de vida, tan sólo me hablaba para decirme lo que tenía o no que hacer. Sin embargo a pesar de nuestras diferencias con el tiempo nos aceptamos la uno a la otra. Y cuando enfermó podía ir sola a comprar los medicamentos. Fue en uno de eso días cuando conocí a Miguel, tan sólo un año mayor que yo, y aunque me parecía algo infantil, su sonrisa era enigmática y contagiosa.
Necesitaba el contacto de su piel para sobrellevar aquella situación. Podíamos estar horas con nuestros cuerpos entrelazados o hablar de cualquier cosa. Sé que yo lo quise y que él aprendió a quererme.
Ahora que ni él ni tú estáis a mi lado me doy cuenta de lo frágil que es la soledad. A mi edad no hay segundas oportunidades, no puedes aferrarte a un futuro o creer que todo volverá a ser como antes.
Por eso quizás no sepa nada y sólo te lo digo porque eres mi hija y me creo con el derecho de darte consejos, aunque no los entiendas. No puedo pedir disculpas por algo que no siento, pero no me arrepiento de mis errores si ellos me llevan de nuevo a ti.

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2 Comentarios

  1. por Anónimo publicado el 31/08/2010  23:10 Responder

    por qué?!?!? por qué todos tus relatos están en zona basura?!? ponles género, por dios!

    • por sibisse12 publicado el 02/09/2010  15:10 Responder

      Será porque soy despistada, entro, escribo y ya está. Pero siempre viene bien que alguien te lo recuerde :)

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