Politicamente Correcto

Y allí me quedé, contemplando como mi voz enmudecía, y mi mirada se mantenía fija ante aquella escena, que de volverla a revivir, mejor salir corriendo que quedarme quieto sin poder hacer nada.

Cuando pude reaccionar y salir de aquel transe, quise correr y apartarlos, pero alguien sujeto con fuerza mi brazo. Me gire con toda la rabia que ya tenía dentro y me tope con una mirada asustada, y tan llena de cobardía, que volví a quedarme paralizado por la situación. Nadie era lo suficientemente valiente como para impedir aquello.

Enmudecí una vez más, y ya ni siquiera era capaz de oír los gritos de dolor. Tan sólo podía contemplar como la sangre se perdía por la alcantarilla y cuando todo había acabado, unos hombres se lo llevaron en una pala, mientras otros echaban serrín, para ocultar lo que ha escasos metros de un parque infantil había ocurrido.

El pobre animal, seguramente abandonado por estar viejo y débil, tan solo se acerco a olisquear el caramelo de un niño y eso fue su sentencia, los padres montaron el cólera y ya era demasiado tarde para huir.

Pude reaccionar cuando sentí correr una lágrima por mi mejilla, contemplé como todas las personas que se encontraban allí se dispersaban, con rostros lánguidos, pero al fin de cuentas como si eso no fuera con ellos.

Y yo…yo no fui menos, metí mis manos en mi abrigo y empecé a caminar hacía ninguna parte, sumergiéndome en mis pensamientos, sin poder apartar de mi cabeza, aquella dantesca escena. Una ligera briza me devolvió a la realidad y en ese preciso momento un niño jugaba con su perro, que le relamía la cara a la mínima oportunidad. Pensé si cuando creciera lo abandonaría a su suerte o si por el contrario sería capaz de cuidarlo como un amigo.

Seguí caminando y de aquel día sólo recuerdo que me tapé la cara con la bufanda, me puse mis cascos, subí al autobús y llegué a casa a tiempo para despedirme de “Dama”, que como siempre estaba tumbada en su sillón favorito. Me miro con aquellos grandes ojos marrones y se volvió a quedar dormida. Cuando la llamé para su comida ya no despertó más.

Tenía catorce años, una energía imparable y era sin lugar a dudas una amiga fiel. Ahora su sillón lo ocupa un pequeño labrador, llamado “Guardián”, porque custodia los recuerdos que allí se crearon y perduran en el tiempo.

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1 Comentario

  1. por Javier Revolo publicado el 19/01/2011  09:07 Responder

    Con los animales creamos un tipo de relacion que puede, en algunos casos, ser mejor que la que creamos con algunas personas. En todo caso, me ha gustado como has descrito tu presencia frente a la indiferencia que a veces la gente tiene respecto de seres que nos quieren incondicionalmente.
    Un abrazo

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