Lazos firmes

 

 

 

Unas manos. La piel, bastante oscura. Las uñas, a pesar de los cortes deformes, mostraban una higiene bien cuidada. Los dedos, no muy largos, eran gruesos y un anillo sencillo de plata parecía asfixiar el angular. Los nudillos se plegaban en protuberancias frondosas de carne, y se divisaban vellos oscuros por todos los pliegues. El color de las yemas de los dedos delataba una más que probable afición al tabaco, quizás ya abandonada, quizás aún presente.

 

Así vistas, no eran más que unas simples manos.

 

Pero esas manos sostenían otras. Unas manos aún más pequeñas, con dedos finos y uñas rosas. Una mano en la que un anillo igual al que asfixiaba el dedo oscuro, danzaba con libertad. Estas manos hablaban de trabajo, trabajo duro en el hogar o quizás en el campo, ¡quien sabría! Se podían ver las marcas de sequedad que dejan la lejía y los detergentes, se observaba un esmalte algo desgastado, algunos cortes cicatrizados…

 

Así vistas, podían ser unas manos cualquiera.

 

Pero esas cuatro manos llamaron mi atención por la intensidad con que se entrelazaban y el especial lenguaje con el que parecían comunicarse. Hasta ahora había visto ojos riendo, sonrisas gritando, pero jamás había presenciado una manas que hablaran. Parecían ser independientes de sus dueños, quienes estaban atónitos contemplando el espectáculo. No se miraban, no se sonreían, sus cinco sentidos atentos al escenario, pero sólo mirando la unión de las manos podía entenderse la satisfacción que experimentaban ante un evento de esa importancia que venía a nuestra ciudad; se adivinaba la alegría que sentían por poder vivirlo juntos, el valor de compartirla, de reconocer el apoyo mutuo…

 

Sí. Aquellos dedos estrechamente unidos formaban unos bonitos lazos. Unos lazos firmes que ¡¡evocaban tantas cosas!! Lazos capaces de acunar el cuerpecito recién nacido de un nuevo ser, lazos para sostener el saco de lágrimas que a veces se esconde tras el pecho, lazos que la primera vez que te rozan un pedacito de piel te encadenan a ellos de por vida. Y sí, aquellas manos que tenía a mi lado eran ese tipo de lazos firmes.

 

Entonces noté que algo tocaba mi mano. Era una piel muy fina y suave que trataba de llamar mi atención con absoluta frialdad. ¿Qué miras de esa forma? ¿No te da vergüenza ser tan descarada? Me susurró al oído. Fue ahí cuando advertí que una vez más, mi capacidad de observación estaba a punto de dejarme en apuros. “Perdón”, le dije a mi novio, entrelazando mis largos dedos entre los suyos. Y el espectáculo se había ya acabado para mí. Estaba centrada, obsesionada en que mi mano escuchara algo de la suya, pero no sentía nada. Le acaricié y le apreté fuerte hasta que me dijo: ¿Se puede saber qué te pasa con tantos cariñitos? ¿Te ha bajado la regla?

 

Retiré mi mano sumida en la peor soledad que existe, y mientras lágrimas discretas salaban la comisura de mis labios, pensé cómo desatarme definitivamente de esos lazos frágiles que no servían para nada… Ya no aguantaría más, tenía que creer que como aquella pareja vecina, también yo algún día encontraría quién sostendría mi alma con unos lazos firmes.

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