Distorsiones espaciotemporales

Un sudor frío invadió su espalda. Bajaba lentamente, desde su nuca, recorriendo todas y cada una de sus vértebras, haciéndole encoger, uno a uno, todos los músculos a su paso. Mientras, un espeluznante estremecimiento subía desde los dedos de sus pies hasta encontrarse con la glacial onda que bajaba, dando lugar, dicho encuentro, a una aterradora explosión de calor que paralizó, por un momento, sus pensamientos. Una sensación de mareo, localizada en la parte frontal de su cabeza, jugaba con él. Sus ideas se le agolpaban y no era capaz de discernir qué quería pensar su cerebro. Las manos le temblaban, el pulso se le aceleraba por momentos, para frenarse después. Luchaba por controlar sus músculos, pero estos no se dejaban controlar. Sus dedos, en un sorprendente alarde de elasticidad, parecían estirarse más allá de lo que uno podía imaginar. Sus pesados brazos no reaccionaban a las órdenes del cerebro. Estaban como anclados a una enorme e invisible roca. El sistema nervioso enviaba señales, pero estas se movían como un copo de algodón por un zarzal. Mientras, las yemas de sus dedos rozaban la punta de sus zapatos, que ya no eran granates, sino amarillos, ¿o azules?, ¿o verdes? Las piernas le temblaban, pero lo hacían de manera ralentizada, parecían querer vibrar con rapidez, mas lo hacían a cámara lenta, como si el tiempo se estuviese con-ge-lan-do. Su pecho, sin embargo, notaba las bruscas palpitaciones de su corazón, martilleando a un ritmo incontrolado. Cien pulsaciones ¿por minuto o por segundo? La visión dejó de nublarse por un instante para dar paso a una escena tan ajena como personal. Destellos rojos se alejaban de él, manchas azules le acechaban, indefinidas formas de color amarillo revoloteaban a sus pies, mientras estos se contraían, se estrechaban, desaparecían de su vista, pese a permanecer allí, compactados en una sola dimensión. Entonces, de repente, consiguió estructurar y dominar un pensamiento. Tras un inmenso esfuerzo de concentración y voluntad, abrió los ojos y recordó. Debía dictar sentencia en el famoso caso del hipnotizador-telépata, sentado frente a él en aquella sala.

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