Panegirónico

Querido Braulio: hoy hace exactamente un año de tu repentina partida y te escribo estas líneas antes de abandonar el luto. Quizá algún día alguien encuentre esta carta que depositaré en la urna junto con tus cenizas y se entere de la verdadera naturaleza de nuestro matrimonio.

¿Recuerdas nuestro primer encuentro? Tú pasaste corriendo por la calle Mayor y mi carga de papeles voló por los aires. Ni me pediste disculpas ni me ayudaste a levantar nada; te echaste la mano a la gorra y seguiste corriendo; yo quedé mirándote con cara de pasmarota, perdidamente enamorada de ti.

Pocos días después, te vi en el cumpleaños de Julito. Me acerqué coquetamente y te recordé el incidente; tú te reíste y seguiste bebiendo. Esa noche te espié con disimulo (y sin él también) y me hice miles de ilusiones.

Nuestro noviazgo no fue tal, tú nunca negaste que solo buscabas “aquello”; pero yo fui astuta: primero te perseguí, luego me hice rogar y con el cuento del embarazo te casaste conmigo, que era mi objetivo desde que te vi.

Yo te amaba tierna e inocentemente y el de nuestra boda fue el día más feliz de mi vida. Realmente fue el último día feliz de mi vida, al menos mientras conviví contigo. Catorce larguísimos años que solo tuvieron de positivo que la píldora jamás me falló.

Desde el primer momento me convertí en la esposa perfecta: la casa brillaba y jamás se vió una mota de polvo. Tu ropa estaba perfectamente lavada, planchada y almidonada y la envidia de todos eran tus zapatos, siempre lustrados y refulgentes.

En la cocina me convertí en una esclava de tus manías y horarios: pero fue un buen refugio, aunque reconozco que durante años, el ingrediente infaltable de mis comidas eran las lágrimas de frustración.

Nuestro primer encuentro sexual fue un escarceo rápido, que a mí me resultó insatisfactorio y doloroso. El resto de las veces fue más de lo mismo y finalmente lo asumí como una obligación mas, por lo que mi dolor fue más en el alma que en mis “partes”. De que existía algo llamado orgasmo, me enteré hace poco mirando la televisión.

Supe hacer economías de donde pude y durante todos esos años guardé pequeñas sumas en una cuenta de ahorros que tú ignorabas; me ilusionaba mucho darte una sorpresa y decirte que nos íbamos de viaje, pero esa ocasión nunca se dio.

Por todo eso cuando llegué a casa aquella tarde, me senté frente a ti y te miré, rememorando la enormidad de mi amor y cuanto desprecio obtuve a cambio. Y lloré, lloré mucho, muchísimo, pero por mí, por lo que tú nunca fuiste y yo me merecía.

De pronto pensé en el seguro (me nombraste única beneficiaria porque la prima era más barata), en mis ahorros y en la pensión y en ese instante te perdoné. Luego me levanté, comprobé que tu agonía había concluido, llamé a una ambulancia y me puse mi mejor vestido negro.

 

sany214
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3 Comentarios

  1. Camila dice:

    Buen tema, presumo que fue asesinado por las lágrimas que fueron cayendo en la comida por tantos años, la frustración tiene sus venenos…;) Muy bien escrito, me gustó.

    1. sany214 dice:

      Hola Camila: muchísimas gracias x tu comentario!!! Me encantó tu presunción del veneno!! Mi idea era dejar ese tema abierto a la imaginacion del lector y ovbiamente fue un recurso efectivo. GRACIAS!!!!!

      1. sany214 dice:

        Fe de erratas: la palabra es: OBVIAMENTE!!

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