Los libertos

Esclavizado Luca:

 

Vas a morir y lo sabes. Y lo peor es que te da igual. ¿Para qué es la vida —dices— sino para quemarla? Sé que no tienes la boca tan grande como para suspirar tan fuerte pero parecerá que el alma tintineará en tus dientes de ratoncito antes de escaparse para siempre. Crepitará la sombra de tus ojeras en el blanco de tus ojos. Ese blanco que irá conquistando un iris cada vez menos verdoso, cada vez más opaco. Vomitarás la lengua, persiguiendo un aire que no querrá entrar en ti.

 

 

Serás como un perro, atado a un árbol, sometido con correa. ¡Entonces mira al cielo que las hojas te taparán! (Si es que el peso de tu cuerpo oscilante te permite alzar la vista). Con el cuello atado, serás más libre de lo que nunca has sido. Por eso, en unas horas, serás tú quién haga de la encina su amo; te pondrás tú mismo las cadenas. Serás feliz, entonces. Serás feliz.

 

No me des las gracias, no lo haré por ti: siempre he querido suicidarme.

 Esclavo del mundo, ¡sé liberto!,

 

Luca.

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