El Viaje

El Sol me abrasaba la piel. Notaba el calor inundar todo mi cuerpo y acercarme poco a poco a la asfixia. Incesantes gotas de sudor recorrían mi rostro y bañaban mis labios secos y se escurrían por mi cuello hacia mi torso. Mis piernas, casi autómatas, no respondían a ningún estímulo. Sólo me hacían andar y andar hacia un horizonte infinito.

La arena, blanquecina, fina y cruel, estaba por doquier. Ella, y sólo ella, me acompañaba en este viaje interminable. Mató a mis amigos e hizo girones mis ropas. Junto con el Sol, coloreó mi piel y desgastó mi mente. Ahora sólo me quedaba andar. Ir hacia delante, sin rumbo fijo, y no dejar que me consumiera más de lo que ya había hecho. Pronto moriría, y la arena sería el único testigo.

***

El sonido de mis pies arrastrándose por las dunas me iba a volver loco. Y, sin embargo, no podía parar, no podía parar de andar. Ris, ris… Ris, ris… Una y otra vez. Un pie delante de otro. Un paso más cerca del final. Del horrible final. Otro más cerca del atroz proceso de mi muerte. Agonizaba en vida, y aún así, era incapaz de parar. Debía seguir.

Cada vez más cansado, mis sentidos empezaban a fallarme. Tenía las más tremebundas alucinaciones: oía a mis hijos chillar, como hace años, cuando eran niños; veía la silueta de mi mujer, castigada por la edad; olía su perfume; sentía la brisa otoñal que me rodeaba cuando paseábamos por el parque donde nos conocimos; notaba el sabor de su saliva, levemente amargo por una longeva adicción al café. Pero una bofetada de arena me devolvió a la realidad: que estaba tirado sobre el suelo más extenso que jamás nadie pudo imaginar. No oía más que el roce de cada una de las piedrecitas que componían este mosaico, unas contra otras. No veía más que la arena y el Sol abrasador. No olía absolutamente nada. No sentía más brisa que el airecillo que producía mi propia y cada vez más tenue respiración. Y mi boca estaba tan seca, que el sabor salado del aire me daba arcadas.

Estaba al borde del colapso, pero me levanté. Era un muerto en vida, pero logré ponerme en pie y continuar, lentamente, hacía mi final.

¿Tenía sentido seguir? No lo sé. Sólo sé que me había prometido a mí mismo no rendirme. Por mucha desesperación que me azotara. Por mucho que hubiera perdido hasta el más mínimo rastro de esperanza. Tenía que continuar caminando.

Y caminé.

Aterrado, destrozado, afligido. Las ampollas de mis pies soportaban pacientemente el peso de mi cuerpo. Algunas estaban llenas de sangre seca. Otras simplemente escocían por el sudor y la arenilla que se filtraba por mis gastados zapatos. Quería morirme de una vez. Acabar con mi condena. Me tiré al suelo. La arena se pegaba a mis labios. Cerré los ojos.

***

Los volví a abrir. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. El Sol seguía allí, la arena también. Me dolía terriblemente la cabeza. Mi frente ardía.

Haciendo acopio de mis fuerzas, me intenté levantar. Logré ponerme de rodillas, apoyando parte de mi peso en mis brazos, que temblaban por el esfuerzo. Entonces icé la cabeza.

Allí, en el horizonte, logré ver, por un segundo, algo anormal. Algo diferente de aquella línea irregular de dunas amarillas y cielo azul intenso. Un ligero punto brillante. Mi pulsó se aceleró.

No sé de dónde saqué las fuerzas, pero logré levantarme una vez más. Aunque fuera la última vez. Me aferré a esa última esperanza. A ese ligero punto brillante. A esa incógnita. ¿Sería posible salir de esa agonía? Me dirigí a marchas forzadas en busca de una respuesta final.

Tardé horas, a mi ritmo. Pero juro que no me paré ni una sola vez. Y, finalmente, llegué. A medida que me iba acercando, se iba disipando la incógnita. El punto fue convirtiéndose en una mancha. Y la mancha en una silueta, primero difuminada, más tarde nítida. A escasos metros, y debido a que mi vista estaba tremendamente afectada por la travesía, me di cuenta de que lo que perseguía era una figura de tamaño descomunal. Probablemente fruto de mi imaginación perturbada. Un cráneo gigantesco, probablemente de algún tipo de búfalo o bisonte, se alzaba ante mí. Tenía de seguro más de treinta metros de alto, y era de un blanco tal que contrastaba enormemente con las pálidas arenas de mi desierto, de mi cárcel.

Aquel cráneo era cuanto menos siniestro. No obstante, y debido a mi devastador gasto de energía, me apoyé en el morro de la desgraciada bestia. Mi cerebro hervía, rebosante de incógnitas. Y mi corazón temblaba, atrapado en el más absoluto terror. En cientos de kilómetros cuadrados de desierto, mi única compañía era esta especie de ser indescriptible.

***

Al menos, pude escapar del Sol en la estrecha sombra que el cráneo daba en su flanco izquierdo. Allí me tumbé y recuperé el aliento. Mi desconcierto y curiosidad eran ya mayores que mi fatiga, pero no que mi miedo. ¿Qué significaba esa terrible mole de hueso? ¿Cómo había ido a parar allí, en medio de la nada? ¿Dónde estaba el resto del cuerpo? ¿Cómo era posible un leviatán de tal tamaño?

Estaba extasiado por el dolor y el horror. Pero, sin embargo, me sentía tremendamente atraído por aquella abominación. Descalzo, intenté trepar por el morro. Al principio me resbalaba. Incluso me reventé algunas de las ampollas de mis pies, y derramaron una sangre muy oscura que se bebieron los recovecos de ese espantoso cráneo. Aún así, seguí trepando. Trepé y trepé, hasta que llegué a las cuencas oculares, oscuras y cavernosas. Un suave aroma dulce me llegaba, proveniente del interior de esos huecos. La visibilidad del interior era nula, y estaba demasiado aterrado como para acercarme más, al menos voluntariamente. Pero quiero creer que lo que me movía ya no era parte de mí, que yo no era más que una marioneta atrapada en un sueño, en un viaje sin retorno ni huida.

Ese aroma dulce era tenue, pero me llegó a embriagar. Penetró en cada célula de mi cuerpo, y me impulsó a introducirme en el cráneo, hacia la oscuridad, a dejar atrás el ardor del Sol y lo infinito de la arena. Cojeando, me introduje en el denso negror de las cuencas. Ya no notaba el aroma dulce. Ni el escozor en los pies, ni el cansancio en el cuerpo, ni el calor en mi frente. Ya no sentía la sequedad en mi boca. Ya no me afectaba la desesperanza. Sólo había oscuridad. Oscuridad dentro y fuera de mí.

—¿Por qué? —me dijo una voz femenina, suave y tierna, casi inaudible, en el oído.

Yizeh,12 de octubre de 2010

Yizeh Castejón

Escritor, físico, profesor, capoeirista, innovador. Nacido en Madrid en 1986. Creador de Sopa de Relatos, la web de escritura libre. Editor y autor del libro de cuentos "Sopa de Relatos" y de futuros proyectos. Alumno de h2i Institute.

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9 Comentarios

      • por Rave Reaver publicado el 22/10/2010  13:08 Responder

        Me gusta, pero me parece un poco reiterativo en algunos puntos y eso lo hace un poco pesado de leer. Sin embargo, creo que tiene un trasfondo que puede dar pie a mucho debate... eso si, no lo veo como surrealista para nada...

  1. por xplorador publicado el 23/10/2010  19:50 Responder

    Una travesía demasiado larga, desbordante de arena y sol.

    Un final demasiado ambigüo, abierto y aparentemente incoherente.

    Una voz resuena en mi cabeza y con un susurro se pregunta: ¿Por qué? ¿Qué he pasado por alto?

    En general no me ha gustado. Sí me ha gustado el detalle de los dibujos, con el puntito en el hocico incluido. Es probable que me guste más si destripas y explicas qué intentas simbolizar, si es que ésa era tu intención.

  2. por Lascivo publicado el 26/10/2010  09:18 Responder

    Vaya, voy a contestar uno a uno:

    Champi (o Rave Reaver, ya que te camuflas): No pretendía en ningún momento crear debate ni trasfondo. De acuerdo en que es muy repetitivo en varios párrafos, fui consciente de ello cuando lo publiqué, y nunca estuve seguro de si era realmente lo que pretendía. Así que aprecio que te hayas dado cuenta. Ahora veo que se hace más coñazo tanta insistencia en lo mal que se encuentra y tal. Respecto a que sea surrealista, es porque lo es. Es decir, lo puse en surrealismo porque es un tipo que se encuentra en un desierto, que no es más que un símbolo de su desesperación y soledad. El que se encuentre un cráneo de 30 metros también es un elemento surrealista, que no absurdo, aunque roza esto último.

    Xplorador: Veo que estoy un poco oxidado, y agradezco tu comentario sincero. Lo que he querido plasmar con este relato era la sensación incómoda y axfisiante de soledad y desesperación, y la certeza de una no-recuperación. De la imposibilidad de salvarse. Quizás, como dice Champinon, el relato se repite un poco, quizás le sobran la mitad de los párrafos, pero quería que quedara clara la sensación. Veo que a duras penas lo he conseguido.
    El final es abierto adrede. Quería dejar la obra sin acabar, para que cada uno se dé a sí mismo la explicación que más le satisfaciera, o incluso que no se dé ninguna. En ese sentido, he buscado lo mismo que hacía con mis microrrelatos hiperbreves, dejar un vacío de explicaciones a rellenar por el propio lector. Quizás este tipo de relato no sea el adecuado para ello.

    Un saludo chicos!

  3. por xplorador publicado el 26/10/2010  12:17 Responder

    ¡Lascivo! No creo que un relato marque la diferencia entre estar oxidado o no. No es solo que unos nos salgan mejor que otros, que la musa nos visite solo en algunas ocasiones, que también. Lo que ocurre es que estamos experimentando, vamos añadiendo elementos para comprobar su funcionamiento y a veces van como la seda, pero otras chirrían. Supongo que cada uno se va quedando con lo que le gusta, pero siempre a costa de dejar cadáveres a su paso.

    En mi opinión este relato no está tan mal, pero sí le quitaría puntos si lo comparo con lo que sueles escribir, porque lo haces muy bien.

    Quería comentar algo respecto a la sinceridad. A veces me da mucha vergüenza criticar un relato cuando no me ha gustado. No quiero molestar ni mucho menos desanimar a nadie y, supongo que inconscientemente, busco la compasión del resto para que critiquen positivamente lo que yo escribo.

    Sin embargo, considero que es un error tan sólo hacer comentarios positivos o poco argumentados. A mí me resulta muy interesante saber realmente lo que opinan los demás, para ver los defectos que yo no percibo o para pensar en las sugerencias que me hacen.

    De aquí en adelante, intentaré dar mi opinión sincera y siempre bien argumentada,por mucho que sea incómodo, porque creo que puede ser más útil. Digo todo esto porque los comentarios realmente críticos escasean y no pueden ser sostenidos por 4 tios.

    Vaya monólogo me he soltado...¡Malditos huecos entre clases!

    • por Lascivo publicado el 26/10/2010  15:40 Responder

      ¡Oh, sí! Por fin alguien lo entiende. Creía que ya sólo criticábamos negativamente (siempre constructivos, no obstante) Champi, yo (modestia aparte) y los trolls (éstos no suelen ser muy constructivos). El objetivo es mejorar a partir de las correcciones y críticas de los demás. Valoro muchísimo más un comentario plagado de correcciones que un panegírico. ¡Grande Xplorador!

  4. por astharea publicado el 01/11/2010  15:58 Responder

    "Ahora veo que se hace más coñazo tanta insistencia en lo mal que se encuentra y tal."

    Pues yo no lo veo así. Es decir, es el punto de vista del protagonista, ¿no?
    Está mal. Se siente mal. Se le va la olla. Sólo puede pensar en ello.
    Creo que cualquier ser humano en esas condiciones, pese a que pensaría en varias cosas (como él, con lo de los recuerdos, y demás), pues indudablemente volvería a esos "pensamientos malos", una y otra vez, de forma más inconsciente que otra cosa... Pero lo haría...

    O al menos esa es mi opinión al respecto.

    Lo único que se me hace un poco "raro", es el ritmo del relato... (O igual es que estoy yo hoy un poco inútil y se me pasan las cosas, xD) Puesto que más que repetitivo, lo veo un poco lento... ><

    Pero nada más ^^

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